Crónica del Congreso Internacional de Filosofía

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Samantha Morales Mendoza

2/10/20268 min read

A finales de 2025 se llevó a cabo el XXII Congreso Internacional de Filosofía, organizado por la Asociación Filosófica de México en Mérida, Yucatán, del 1 al 5 de diciembre. Cuando leí la convocatoria en enero del mismo año sentí una mezcla muy clara de emoción y vértigo: yo, una alumna que apenas comienza a animarse a participar en eventos de esta magnitud, rodeada de personalidades que fácilmente podrían ser más mis maestros que mis colegas. Aun así, decidí ir. Fue una oportunidad única para asistir y participar, pero también fue una forma de decirme a mí misma que ya no quería quedarme viendo la filosofía desde lejos.

Samantha Morales Mendoza

Mi experiencia comenzó desde el viaje en avión. Me acompañó mi maestra Alejandra Olivas, quien ha sido una parte fundamental de mi formación y de mis gustos filosóficos. Compartir el trayecto con ella fue profundamente emocionante; convivir de manera más cercana, más íntima que en el salón de clases, me hizo sentir protegida en esta nueva experiencia. No iba sola, iba con alguien que ha influido en mi manera de pensar. En el transbordo en Ciudad de México, mientras subíamos al avión rumbo a Mérida, no podíamos dejar de reírnos viendo a la gente y diciendo en voz baja: “Ese es filósofo”. Lo decíamos medio en broma, pero lo más curioso es que después sí logré identificar a varias de esas personas en el congreso. Es como si uno reconociera a su gente; no porque seamos estereotípicos, sino porque hay algo que se puede presentir: una manera de mirar, de vestir, de caminar, de cargar libros, de estar en el mundo.

Mérida me recibió con un calor sumamente húmedo y sofocante para alguien que viene de un clima seco

La ciudad está marcada por la arquitectura colonial, por calles angostas y cuadras pequeñas; en el centro el máximo de velocidad es de cuarenta kilómetros por hora y todo parece transcurrir con una calma muy particular. En sí, es una ciudad tranquila, donde el tiempo pasa lentísimo. Sin embargo, los días me rindieron muchísimo. Dormí muy poco, entre ser congresista, apoyar en la organización, hacer turismo y pasar tiempo con mis amigos en la casita donde nos hospedamos. Me dijeron que parecía gato porque dormía ratitos y luego despertaba lista para salir otra vez, a jugar, a platicar, a recorrer. Y sí, era exactamente eso: una energía constante alimentada por la emoción.

El congreso reunió más de treinta y cinco simposios y aproximadamente ochocientos ponentes de distintas partes del mundo. En lo personal pude identificar filósofos de Argentina, España, Colombia, Estados Unidos, Australia y, sobre todo, de México, particularmente del centro del país. Ver esa concentración de pensamiento en un mismo espacio me hizo dimensionar que la filosofía no es tan pequeña como a veces parece desde el aula y que sigue viva. Pero también me pregunté cómo se lleva a cabo un evento de tal magnitud. La AFM solicitó apoyo a universidades y estudiantes, y ahí entré yo, principalmente en la sede de CEPHCIS Dragones. Viví el congreso tras bambalinas: organizando gente, empacando kits de bienvenida, dando indicaciones, orientando a asistentes y cuidando los tiempos de los simposios. En mi sede se llevaron a cabo Filosofía de la Liberación, Teoría Crítica desde las Américas, Marx y marxismos y Ética. Era emocionante ver las aulas llenas; admito que en parte se debía a que los salones eran pequeños, pero también había una verdadera afluencia de personas interesadas. Otras sedes incluyeron el CEPHCIS cerca del parque de la plancha, el Museo de la Luz de la UNAM y la Universidad de las Artes de Yucatán. Hubo presentaciones de libros, carteles, ponencias y múltiples actividades que mantenían el movimiento constante.

Ver la preparación desde dentro me hizo darme cuenta de que todo es más caótico de lo que parece. Mucha de la organización se hizo de forma remota desde otra ciudad, y era casi como aventar una moneda al aire, porque casi nadie del staff conocía físicamente los espacios. Sin desmeritar el trabajo de la AFM, hubo detalles que se escaparon: nos dijeron que nos pagarían por día, dinero que varios contemplábamos para cubrir gastos del viaje, pero después nos avisaron que lo pagarían la semana siguiente; también se mencionó apoyo con alimentos que no llegó. Las hojas de registro para ponentes y asistentes las elaborábamos los mismos alumnos, y era complicado discernir quién era quién, de qué mesa, de qué espacio. Al final todo salió bien, pero vivirlo me enseñó que la filosofía también tiene una dimensión material, logística y humana que rara vez se ve desde las butacas.

En lo personal, me sorprendió muchísimo ver al profesor Amílcar Paris Mandoki, cuyo canal de YouTube me ha ayudado bastante en mis estudios, especialmente en Filosofía de la Historia. Cuando lo vi no pude evitar gritarle emocionada: “¡Con usted aprendí Hegel!”. No me considero experta, pero su claridad fue un parteaguas para acercarme a un autor que suele parecer oscuro. Fue impactante ver cómo autores y profesores que conocía solo a través de libros y pantallas tomaban forma y eran reales. Algo similar ocurrió con Astrid Dzul. Yo había leído su tesis de maestría, “Cuerpos monstruosos: la producción de imaginarios sociotécnicos sobre los cuerpos modificados tecnológicamente en el cine ciberpunk”, y me había impactado mucho su análisis sobre la representación femenina del cuerpo. Pensé que no coincidiríamos por horarios y sedes distintas, pero Raúl Trejo Villalobos le envió un mensaje y ella vino desde otra sede a verme. Aún recordarlo me emociona. Le platiqué que había leído su trabajo y le compartí mi posible tema de tesis; me recomendó autoras y me pasó sus redes. Fue un momento profundamente significativo.

También estuvo la presentación del libro sobre la decolonialidad analógica de Mauricio Beuchot. Honestamente no escuché completa la presentación, pero el profesor me pareció una persona muy carismática y cómica; la gente se acercaba a tomarse fotos con él, y yo también lo hice. El ambiente académico a veces te hace idealizar o enajenar a los filósofos, colocarlos como figuras inalcanzables, pero al hablar con ellos entiendes que son personas como uno, que buscan respuestas en este mundo lleno de preguntas. Algunos tienen más renombre o visibilidad, pero la inquietud es la misma. Yo me repetía constantemente: “Estoy iniciando, estoy iniciando”. Y comprendí que este camino no tiene un final claro; es más bien un estilo de vida. Sin embargo, sí hay un inicio, y ya no estoy en el punto cero. Puedo pensar filosóficamente, puedo analizar, puedo conectar ideas.

Recuerdo una conversación chistosa con mi profesor Ricardo Espinoza, a quien es muy bonito ver fuera del contexto escolar, cotorreando. Aún no revisaba los ensayos finales de Filosofía de la Naturaleza y tuve la osadía de decirle que se ahorrara tiempo y me pusiera un diez porque sabía que me la había rifado. Era la primera vez que hacía un trabajo entre dos idiomas, con una bibliografía tan escasa —pues el QBism es una teoría muy reciente en física cuántica— y había realizado un análisis filosófico de una teoría científica contemporánea. Me dijo que si quería me ponía un ocho, pero yo me reí y le dije que no, porque sabía el esfuerzo que había hecho. Al final saqué 97/100. Creces y te das cuenta de que puedes hacer filosofía.

El espacio de la Red Mexicana de Mujeres Filósofas fue especialmente bello

Me identifiqué con el miedo a escribir por una misma, a salir del molde de solo citar autores y comenzar a crear. Pero el empoderamiento que desprendían fue impactante. Compartieron cómo se acompañaron para construir su primer glosario filosófico, cómo se guiaron entre ellas. Yo misma había pensado en un inicio que mi tema de tesis podría ser por qué la teoría filosófica feminista en México estaba atrasada en comparación con otros lugares, pero ahora entiendo que no está atrasada, está sitiada. Permanece en las escuelas, con menos visibilidad, hasta que las filósofas crean sus propias redes, se reconocen y difunden mutuamente su trabajo. Invito a buscarlas en redes y seguir su trabajo, porque también ofrecen seminarios. Me recordaron a mis maestras y su colectiva “Sofías con filo”, que resisten desde el aula con clases más dinámicas, temas contemporáneos, visibilizando autoras, elaborando proyectos de compilación e incomodando espacios hegemónicos para abrir paso a todas, todos y todes, incluyendo la visibilización de las neurodivergencias. Desde lo que he visto, las mujeres practican la filosofía de manera distinta, y eso me inspira profundamente.

El cierre del congreso fue emotivo; se agradeció la participación de todos y hubo una declaración en contra del genocidio en Gaza, acompañada de una colecta de firmas. Durante la convivencia final, el filósofo Gabriel Vargas Lozano se me acercó gritando: “¡Chihuahua! ¡Chihuahua! ¿Vio usted el último video del Observatorio Filosófico de México? Había una chica que ponía a la UACH como un circo divertido”. Yo me reí y le respondí: “¿A que no va a creer quién es?”, mientras me señalaba. “¡Usted! Muy bien, hasta ganas me dan de ir”, contestó. Varias personas me reconocieron por ese video, lo cual me hizo sentir bien porque traté de ser transparente sobre mi realidad como alumna. Incluso escuché a un organizador decir que a los alumnos no los dejan presentar ponencias porque “no saben y no pueden escribir con la misma calidad”. Me causó gracia, porque a mi mejor amiga y compañera Marisol Fontes le preguntaron si su tema era de maestría cuando ni siquiera hemos terminado la licenciatura. También me encontré con mi compañera y presidenta de la COMEFI, Brenda Reyes.

Recorrer la ciudad, tan turística, me llevó a reflexionar sobre la gentrificación y me conectó con pensamientos decoloniales

Visitar Chichén Itzá fue una experiencia profundamente conmovedora. Más que intrusa, me sentí ajena: ni de aquí ni de allá, como mexicana del norte que no pertenece a ninguna comunidad indígena. Me pregunté de dónde vengo y hacia dónde me sentiré perteneciente. La belleza de la pirámide me conmovió hasta las lágrimas; fue una experiencia sublime en sentido kantiano, esa mezcla de pequeñez y grandeza que desborda nuestras categorías.

Después del congreso mis ánimos subieron. Me sentía motivada, enamorada de lo que hago, entusiasmada con el futuro, con ganas de concluir la licenciatura para empezar la maestría y seguir preparándome. Pero, sobre todo, me dio seguridad, una soltura mental, la convicción de que soy capaz de hacer filosofía. Ver a tantas personas reunidas para presentar, exponer y debatir me dio esperanza. Este es apenas un inicio temprano, pero ya no me siento en el punto cero.

Agradezco a mi papá por apoyarme con los gastos del viaje, a mis amigos por regalarme probablemente la semana más feliz de mi vida, a las marquesitas (Dios, qué ricas son), a mi nuevo amigo y futuro colega Jesús Bucio Castañeda miembro de la AFM por su hospitalidad, y sobre todo a mis profesores, que siempre nos han impulsado y nunca nos han hecho sentir pequeños en un mundo tan amplio.

La filosofía dejó de parecerme lejana. Ahora sé que es un camino que ya estoy recorriendo.

Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua