Filosofía de la eternidad. ¿Quién quiere vivir para siempre?
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Alan Roberto Rentería Rentería
12/8/20255 min read


Dr. Alan Roberto Rentería Rentería
La reflexión filosófica acerca de la muerte es una de las más antiguas en la historia. Cuando el ser humano piensa en su propia finitud, es capaz de crear todo tipo de narraciones para dar sentido a su existencia. Sin embargo, la muerte no siempre es vista como un final absoluto, por lo que subyace una pregunta que causa escozor: ¿cómo sería vivir una eternidad?
Evocar a la eternidad es posible solo a partir un experimento mental. Como seres temporales, apenas tenemos la posibilidad de imaginar cómo sería algo tan inconmensurable como la eternidad misma. El solo hecho de pensar en un para siempre hace que equiparemos esta idea con nuestra propia experiencia de vida: la fecha en que nacimos, algún periodo histórico, incluso la formación del universo. Pero todas estas ideas del tiempo no son eternidades y ni siquiera se acercan a ello. La eternidad nos sobre pasa en todo sentido y por esta razón puede resultar completamente abrumadora.
Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua
Ahora, imaginemos que morimos y como buenos religiosos (y ojalá también como buenas personas) vamos a algún tipo de cielo eterno. En este paraíso solo hay bienes inagotables, sin sufrimiento ni malas experiencias. Pasados algunos milenios, nos comienza a fastidiar tanta bonanza, que se convierte en aburrimiento y luego en un tedio insoportable; sin embargo, estamos ahí para siempre. No hay un lugar a donde escapar porque ya estamos muertos, solo una eternidad por delante, llena de nubes y arpas celestiales, la cual no se hace más corta sino más larga. ¿No nos volvería esto completamente locos?
Algunos filósofos y filósofas han reflexionado respecto al tedio que puede causar una eternidad pensada de esta manera. Por ejemplo, Bernard Williams (1973) en un ensayo titulado “The Makropulos case: reflections on the tedium of immortality” propone que una eternidad sin salida, inevitablemente acabará en una erosión del sentido de la propia existencia. Bajo este panorama no sería posible distinguir ningún tipo de alegría. Por su parte, Vuko Andrić y Attila Tanyi (2017) en su artículo titulado “God and eternal boredom” proponen la idea de que un Dios eterno necesariamente sería aburrido. Para solucionarlo, afirman la tesis de que Dios no es omnitemporal, sino atemporal. Este cambio es clave para entender la diferencia entre una eternidad de sufrimiento, inclusive en el paraíso, y una eternidad bien lograda (si es que esto fuera posible).
Cuando pensamos en la eternidad, como ya lo hemos dicho, lo hacemos desde nuestra propia percepción de la temporalidad. Por lo tanto, al imaginarnos lo eterno, construimos una referencia a una sumatoria de tiempo desde una percepción muy particular: la conciencia del paso de los días, meses y años. Esta percepción del tiempo nos permite vivenciar experiencias del pasado y proyectar el futuro como una serie de acontecimientos hilados. Sin embargo, la atemporalidad implica una disolución por completo del sentido de la temporalidad. Vivir una eternidad desde la atemporalidad implicaría que no somos conscientes del paso del tiempo, porque simplemente este no transcurre, ni siquiera existe. La atemporalidad es un estado de eterno presente, en donde no tendríamos la capacidad de pensar en un futuro ni de contabilizar cuántos eones nos quedan por experimentar. Esto, como seres humanos, es evidentemente muy difícil de imaginar.
Existe una fabulosa serie de Netflix llamada The Good Place, que propone este abrumador dilema desde una narrativa cómica. Los cuatro personajes principales de esta serie mueren y llegan a un sitio llamado el buen lugar, el cual es una clara referencia al paraíso. Sin embargo, Eleanor, una de las protagonistas, se da cuenta que hay un error y que probablemente no pertenece a ese sitio, por lo que pide el auxilio de Chidi, un profesor de filosofía moral, para que la ayude a establecerse en este lugar.
Alerta de spoilers
Si no han visto la serie les recomiendo ampliamente dejar de leer este artículo e ir a verla. Les aseguro que es una joya para la reflexión filosófica a partir de la cultura popular. El propio creador de la serie, Mike Schur, afirma que se inspiró en varios temas de filosofía moral y que hay lugares en la serie que pueden ser equiparados a la obra A puerta cerrada del célebre filósofo Jean Paul Sartre (August & Mazin, 2022). También existe todo un libro de filosofía dedicado exclusivamente a desarrollar los problemas filosóficos que se encuentran en ella, editado por Kimberly S. Engels y titulado The Good Place and Philosophy (2020).
Justo en la primer temporada, Eleanor se da cuenta de que en verdad nunca estuvieron en el buen lugar y que todo fue un teatro montado por demonios para atormentarlos, pues en realidad se encontraban condenados dentro de el mal lugar, algo similar a lo que entenderíamos por infierno. Finalmente, después de una serie de aventuras los cuatro protagonistas logran llegar al verdadero paraíso, pero para su sorpresa, este también se asimila a otra clase de infierno: el tedio eterno.
Los habitantes del buen lugar han pasado tanto tiempo ahí que ya no perciben ningún tipo de entusiasmo o de alegría. De hecho, una de las habitantes del buen lugar es la filósofa Hipatia de Alejandría, a quien se le observa fuera de sí, confundida, dominada por el tedio absoluto de una eternidad placentera. Esto les pasa a todos los que se han ganado el cielo, ya nada les hace felices debido a los incontables siglos que han pasado en el buen lugar.
El gran final de esta magnífica serie tiene un giro maravilloso. El fastidio de una eternidad bondadosa se supera con una nueva propuesta: aquellas personas que deseen terminar con su existencia, después de pasar un largo rato en el paraíso, pueden hacerlo. Solo deben atravesar un arco en el bosque y así reintegrarán su energía nuevamente al universo, dejando de existir como un yo. Este final tiene que ver nuevamente con la reflexión filosófica sobre la muerte y el sentido: el saber que todo acabará algún día hace que disfrutemos más lo que nos queda por vivir, y el saber que no estamos condenados a ningún tipo de eternidad consciente, si no lo deseamos, causa en las personas un gran alivio.
Si nos provoca temor imaginarnos pasar la eternidad en un solo lugar, se debe a nuestra percepción del tiempo desde nuestra experiencia humana. Al final no podemos conocer con certeza lo que nos espera después de la muerte. Desde la fe, podemos creer en algo, pero aun así esto solo será una seguridad y no una certeza. Aquí nuevamente la filosofía puede ayudarnos en esta posible angustia, recordando las palabras de Epicuro respecto a la muerte:
“Un conocimiento exacto de este hecho, que la muerte no es nada para nosotros, permite gozar de esta vida mortal evitándonos añadirle la idea de una duración eterna y quitándonos el deseo de la inmortalidad. [...] Así pues, el más espantoso de todos los males, la muerte, no es nada para nosotros porque, mientras vivimos, no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos.” (Epicuro, Carta a Meneceo, 1982).
Referencias:
Andrić, V., & Tanyi, A. (2017). God and eternal boredom. Religious Studies, 53(1), 51–70. https://doi.org/10.1017/s0034412515000499
August, J., & Mazin, C. (Anfitriones). (2022, 1 de marzo). Episode 537: The One With Mike Schur [Episodio de pódcast]. En Scriptnotes. John August. https://johnaugust.com/2022/scriptnotes-episode-537-the-one-with-mike-schur-transcript
Engels, K. S. (Ed.). (2020). The Good Place and Philosophy: Everything is Forking Fine! Wiley-Blackwell.
Epicuro. (1982). Carta a Meneceo. En R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: Edad antigua (pp. 93–97). Herder.
Williams, B. (1973). The Makropulos Case: Reflections on the Tedium of Immortality. En Problems of the Self (pp. 82-100). Cambridge University Press.
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