La muerte del mundo verdadero: Disolución de la genealogía platónica a través de las reflexiones nietzscheanas
Luis Ramón Tarango Lozoya
3/23/202618 min read


Luis Ramón Tarango Lozoya
“El alma recuerda lo verdadero, pues, lo contempló antes de nacer”
Platón
“El ‘mundo verdadero’ terminó convirtiéndose
en una fábula”
Nietzsche
Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua
Introducción
Desde finales del siglo XIX, la filosofía occidental experimentó un giro que fracturó la seguridad con la que la tradición había sostenido, durante siglos, la arquitectura conceptual del mundo. Ese punto de inflexión tiene un nombre… Friedrich Nietzsche. Ningún pensador anterior a él había acometido una crítica tan radical hacia la metafísica, ni había advertido con tanta lucidez que en ella se jugaba el destino mismo de la cultura de Occidente.
Al reinterpretar toda la historia del pensamiento como una larga retórica fiel al esquema que separa lo sensible de lo inteligible, el alemán logra un movimiento decisivo al bautizar a la metafísica con el nombre de platonismo. Con dicha acción, reconoce en la tradición un mismo impulso estructural que devela la inclinación a privilegiar el más allá (eterno, inmutable y perfecto), en comparación al aquí (cambiante, finito e imperfecto). Tal como otros autores hablarán después de otros tipos de olvido, Nietzsche denuncia un desapego de lo sublunar, del devenir, de la temporalidad, de la contingencia y del cuerpo que constituye al ser humano.
Nietzsche carece de un horizonte previo desde el cual apoyarse para instituir su crítica. Él en ningún momento hereda un concepto de metafísica, de hecho, construye uno para poder desmontarlo desde sus cimientos. De ahí que su posición sea singular y, en cierto modo, solitaria. Tras él, la tradición ya no podrá contemplarse como el desarrollo de un saber unívoco, deberá entenderse, más bien, como una herencia problemática, un relato que exige ser interrogado en cada uno de sus supuestos. Siendo así, el propósito del presente trabajo es exponer (con la mayor claridad posible) la crítica nietzscheana a la metafísica, mostrando la manera en que, al poner en evidencia el platonismo que ha sostenido a Occidente durante siglos, se da pie a la apertura de un nuevo horizonte en el que la filosofía se reconcilia con la vida que verdaderamente atraviesa al ser humano.
Hacia el desmantelamiento de la arquitectura metafísica
La filosofía, una de las primeras herramientas con que el ser humano pudo interrogar aquello que se le presentaba y, con ello, desarrollar conocimiento, porta un rasgo distintivo en su propio quehacer. A lo largo de su vasta historia, cada rama del saber que se le desprende ha experimentado transformaciones impulsadas por las múltiples críticas que la reflexión ha elaborado. Desde la epistemología y la ontología hasta la estética y la política, cada una de estas disciplinas han padecido cambios continuos. Resulta entonces pertinente afirmar que ninguna postura permanece estática; todas se encuentran siempre sujetas a variaciones.
La metafísica, una de las ramas más fundamentales de la bien llamada madre de todas las ciencias, no ha sido excepción. Durante su andar se ha visto envuelta en transformaciones que han modificado su alcance y orientación; no obstante, el primero que podría considerarse un auténtico reprogramador de tal disciplina es Friedrich Nietzsche, mismo que desmanteló la estructura ya encarnada de la tradición para otorgarle un enfoque empapado de frescura.
Los críticos y filósofos posteriores han adoptado opiniones diversas frente a esta tesis. Mientras algunos sitúan al pensador alemán como aquel que pone fin a la metafísica, otros lo inscriben todavía dentro de ella debido a su reflexión en torno a la existencia del ente. En este sentido, no hay “una concepción estándar de la metafísica, como tampoco de su superación, (…) cada uno de los (…) superadores de la metafísica a partir de Nietzsche, profesan una concepción propia de ella” (Santiesteban, L. 2023, p. 96).
Como se describió con anterioridad, Nietzsche fue pionero al detectar un relato que las distintas escuelas filosóficas habían heredado y adherido al pensamiento colectivo. Este reconoció en el nicho de la metafísica una retórica que nadie hasta entonces había señalado como una de las problemáticas fundamentales desde la que se orquestaba una regla no escrita, regla que negaba el mundo inmediato en el que el ser humano, en tanto existe, está situado. Fernando Savater, en Idea de Nietzsche (2010), reafirma esta noción al indicar que los conceptos “no son herramientas inocuas, (…) a menudo son quienes los manejan sin haberlos inventado los encargados de revelar lo indeseable que a través de ellos fue deseado por sus inventores” (p. 91). Así se subraya que, en ocasiones, el hombre es tan descuidado con las formas enunciativas que utiliza que no advierte la gravedad de aquello que está afirmando al pronunciarlas.
Pese a lo anterior, conviene señalar que este breve recorrido busca ser un parteaguas que finque un marco contextual indispensable para comprender lo que será desarrollado en las secciones posteriores. El presente trabajo de investigación pretende exponer la labor del alemán con el propósito de dejar en evidencia el adoctrinamiento que la tradición ejercía sobre la metafísica, así como indicar la vía de acceso hacía el despojo de tan peligrosa postura.
I. El origen estructural del mundo verdadero
Si, a modo de analogía, los grandes pensadores de la filosofía fueran comparados con los cuerpos celestes del Sistema Solar, Platón ocuparía el lugar del Sol. Evidentemente, de él emana todo pensamiento filosófico riguroso; tanto es así que aún se perciben destellos que revelan el influjo y adoctrinamiento de sus ideas.
Una de las tesis más relevantes que Platón desarrolla, además de muchas otras, es su tajante escisión de la realidad en dos niveles distintos. El primero pertenece al ámbito del ser estable, ese que se muestra accesible únicamente mediante la razón, aquel que solo se visibiliza con ayuda del entendimiento. El segundo corresponde al mundo en constante transformación: corrompido, descompuesto, imperfecto y perceptible a través de los sentidos. Es de este modo que, mientras una de las partes es verdadera, la otra no es más que una imitación mutable que jamás logra estabilizarse por completo. A partir de dicho planteamiento, Platón formula un discurso que otorga primacía al ámbito susceptible de ser conocido con rigor y certeza, en contraste con aquel sumido en el devenir, que puede ofrecer explicaciones verosímiles.
Según las narraciones de Platón, más específicamente durante la conversación que queda inmortalizada en el Timeo (1992), el mundo sensitivo surge gracias a una inteligencia ordenadora que lo modela tomando como referencia un paradigma ajeno a la finitud y, en este sentido, eterno. Dicha potencia (que en repetidas ocasiones es llamada Demiurgo o artesano del universo) busca lo perfecto y procura que el cosmos se asemeje lo más posible al patrón que expresa lo inteligible. Así, tal filósofo concibe el orbe como una producción de la racionalidad sostenida por la armonía del mundo ideal.
Pese a lo anterior, puede describirse con mayor claridad la arquitectura de ese mundo del más allá, cuya fisonomía no se asemeja en absoluto al plano sublunar donde la humanidad parece estar encadenada y, por ello mismo, insatisfecha. Antes que nada, conviene explicar por qué a ese más allá se le ha llamado mundo verdadero. Nietzsche, atento al origen de esta valoración, observa que el ser humano “ha creído en los conceptos y nombres de las cosas como si fueran verdades eternas, se ha apropiado de él aquella soberbia (…). En efecto, creía realmente que en el lenguaje tenía el conocimiento del mundo” (Safranski, R. 2002, p. 172). Desde tiempos remotos, se ha sostenido la existencia de una verdad absoluta, de un bien en sí, de una belleza perfecta. Todas estas nociones han terminado por consolidarse como una doctrina que instaura lo verdadero, lo bueno y lo bello fuera de la materialidad a la que el hombre está sujeto.
Nietzsche, con su irónica agilidad discursiva, detecta profundos huecos en la postura de Platón y se dispone a emprender una crítica dirigida a desmantelar la metafísica; de este modo es como se revela el sustrato nihilista que atraviesa la propuesta del pensador griego. Su lectura es tan aguda que reconoce en Platón un esquema que luego será reiterado (a veces de manera inadvertida) por toda la tradición metafísica. A lo largo de la historia del pensamiento, Nietzsche observa cómo esta retórica heredada del platonismo se reproduce sin que sus sucesores sean plenamente conscientes del andamiaje que arrastran.
Aristóteles, desde el momento en que intenta fundamentar el fenómeno que origina el movimiento, retoma la verticalidad de su maestro al postular la existencia del motor inmóvil. Más tarde, la doctrina cristiana encarna dicha estructura al sostener que el mundo verdadero solo puede ser alcanzado por quienes, a pesar de encontrarse atados al sufrimiento de la vida, son mesurados y se alejan del pecado. Descartes, por su parte, reproduce el esquema al dividir al ser humano en res cogitans (cosa pensante) y res extensa (cosa material), un dualismo que se reconcilia mediante la glándula pineal, sin por ello abandonar la jerarquía que separa lo ideal de lo aparente.
Incluso Kant, con la fuerza de sus ideas sobre el imperativo categórico, la relación entre sujeto y objeto, y la afirmación sobre el noúmeno inaccesible para la experiencia del hombre, conserva la misma estructura que inaugura Platón. Y aunque “Kant reaccionaría con extrañeza si presenciara que fue subsumido bajo la égida de ese monolito que Nietzsche denomina platonismo” (Santiesteban, L. 2023, p. 120), lo cierto es que el “esquema mundo verdadero-mundo aparente es la dimensión soterrada que jalona de manera secreta la andadura metafísica” (p. 119).
Esto es precisamente lo que Nietzsche considera atroz. La metafísica ha sido empleada para resolver problemas que no le corresponden, para adoctrinar, para alimentar esperanzas, para neutralizar el miedo y para justificar experiencias estéticas apelando a un plano cuya existencia carece de fundamento real. Se ha construido así la idea de una agencia trascendente a la que el ser humano accederá, un lugar donde sería investido con capacidades que solo los dioses poseen. La tradición filosófica ha recurrido una y otra vez a estos escenarios irreales con el fin de despojar a la humanidad de sus propios límites, quizá porque tales límites resultan difíciles de aceptar por ser tan humanos. En suma, es de este modo como el letrado alemán denuncia esa huida permanente hacia lo alto.
II. Crítica nietzscheana y erosión del edificio platónico
Con el fin de clarificar, de manera oportuna, el abismo que Nietzsche detecta en el desarrollo de la metafísica (en caso de que las explicaciones ofrecidas hasta ahora no hayan logrado ser del todo abarcadoras), se realizará un análisis más detallado que servirá como puente hacia la postura nietzscheana. Como ha sido señalado, “la crítica más radical y vehemente en contra de la metafísica inicia con Nietzsche” (Santiesteban, L. 2023, p. 95). El filósofo alemán construye un gran muro que separa la tradición heredada de su propia posición y concede a esta última un lugar privilegiado. Aunque este se encuentra en desventaja respecto a quienes, después, formularon propuestas alternativas que confrontaban al relato metafísico, la lucidez de su pensamiento permitió que su reflexión acuñara una importancia especial, pues abrió interrogantes que nadie había puesto sobre la mesa con tal rigor.
En sus textos se advierte de manera persistente una crítica directa para con los filósofos que le precedieron. Su agudeza le permite percibir en ellos una falta de atención hacia cuestiones que él considera realmente delicadas. En cada formulación metafísica percibe “su forma de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo” (Nietzsche, 2002, p. 51). Tales características, afirma, instauran una negación de la vida al fijar en conceptos rígidos aquello que se mantiene en constante movimiento; aquello que, en esencia, se está transformando.
Conviene, entonces, preguntarse por qué resulta tan pernicioso apegarse a los relatos que defienden el mundo del más allá. La respuesta aparece pronto cuando, según lo estipulado por este gran pensador, el precio de esta fidelidad es el olvido del único mundo que realmente se habita. Al privilegiar una dimensión cuya existencia es incierta, el ser humano abandona la inmanencia y juega a la ruleta rusa con un arma completamente cargada. Como indica Luis C. Santiesteban en su artículo La crítica a la metafísica en Nietzsche (2023), lo que ha mantenido al hombre alejado de lo que tiene más cerca es la densidad misma del edificio metafísico, una densidad que perturba la relación cordial con las cosas inmediatas. En este punto, quizá también sea pertinente recordar la pregunta provocadora de Nietzsche: el ser pensante “estudia todas las cosas con la cabeza de hombre y no puede cortar esta cabeza; pero queda pendiente la cuestión de lo que sería el mundo si se hubiera llegado a cortar aquella” (Nietzsche, F. 2019, p. 7). Para él, la sola posibilidad es un absurdo que invalida la pretensión metafísica.
La confianza depositada en el idealismo ha facilitado la creación de hipótesis que parecen validarse a sí mismas. Todo lo que ha surgido del quehacer filosófico (tenga estima de ser positivo o negativo) ha cultivado en la humanidad una pasión que termina por conducir al engaño en tal. De ahí que Nietzsche tome distancia del arte, de la moral y, especialmente, de la religión, pues en ellas el ser humano intenta obtener respuestas imaginarias aun cuando ninguna de estas prácticas permita siquiera rozar ese supuesto otro mundo que, para él, es inexistente. Un ámbito dotado de perfección total no podría tener incidencia sobre este mundo sin contradecir su propia naturaleza.
Ahora bien, en términos argumentativos, Nietzsche no denuncia estas falencias desde una lógica formal. Su crítica se fundamenta en evidencias empíricas, históricas, morales y psicológicas; en aquello que revela la propia vida humana cuando se la observa sin tapujos. A través de ese examen reconoce los límites biológicos y cognitivos que acompañan al ser humano, y, también constata que los intentos metafísicos por superarlos siempre han estado atravesados por incertidumbres que no logran resolverse.
A pesar de tan severo diagnóstico, Nietzsche no se detiene en el mero desmantelamiento. Este propone una desvalorización de los valores supremos para abrir espacio a una nueva orientación vital, una mucho más humana.
Los valores tradicionales (…) deben basar su valuación en un nuevo fundamento: «Si la objetividad elevada, clara y de mirada tan profunda (…) no se enturbia por las acometidas de la ofensa, el menosprecio y la sospecha personal, se habrá logrado en la Tierra un fragmento de perfección y de dominio supremo» (Höffe, O. 2003, p. 273).
Con ello busca una reconciliación entre la vida y el mundo próximo; el mundo sensible al que efectivamente se tiene acceso. No se trata de sustituir el cielo, más bien se pretende afirmar la tierra… aprender a habitar la inmanencia sin recurrir a ficciones que desvíen la atención de lo inmediato a lo real. Es así como se puede inferir que la “crítica nietzscheana (…) es un acontecimiento ético. Se dirige contra la «grandiosa necedad», imperante supuestamente desde Platón, que busca el sentido de la vida en valores y verdades ultraterrenas” (p. 272).
III. Las ruinas del mundo suprasensible
Uno de los filósofos más influyentes de la época contemporánea, entiéndase aquí a Nietzsche, logra condensar en apenas unas líneas lo que a otros pensadores les requeriría extensos pasajes. Aunque su escritura pueda parecer densa debido a la intensidad metafórica que le atraviesa, esta característica no disminuye la extraordinaria capacidad de diálogo y sentido que anima cada uno de sus ejercicios reflexivos. A lo largo de su obra, “Nietzsche (…) desmitifica y con tal fin desmonta, (…) hace patente una ausencia de fundamento, una incomprensibilidad principal del mundo” (Savater, F. 2010, p. 93). Con ello advierte que el ser humano, al otorgar primacía a aquello que se mantiene fuera de su alcance, termina por desatender lo verdaderamente decisivo; he aquí la vida sublunar, ese aspecto inmediato en el que la humanidad juega el peso de su existencia.
Nietzsche en Humano, demasiado humano, una de las obras más importantes de este letrado, examina el lugar que ocupan el platonismo, el cristianismo y el nihilismo, como sitios desde los cuales es posible proponer un nuevo principio moral que funciona como alternativa frente a una filosofía pesimista de la vida (Höffe O. 2003, p. 272). Desde esta perspectiva, confiar en que el ser humano puede ser salvado por suposiciones vagas, es equivalente a lanzarse al vacío con un saco lleno de ladrillos atado al cuello… una esperanza tan ilusoria como peligrosa, incapaz de sostener la existencia real y concreta que siempre exige firmeza de pensamiento y, obviamente, lucidez ante lo terrenal.
Incluso quien pretenda conocer el mundo del más allá está condenado al fracaso, pues, como reconocen los propios seguidores de Platón, tal sitio permanece inaccesible mientras el ser humano habite el plano terrenal. Nietzsche estipula con franqueza lo irrelevante que resulta este mundo inteligible para quienes están inevitablemente instalados en la existencia sublunar; de nada sirve conocer (o creer conocer) sus fundamentos si estos no pueden aplicarse en un escenario que les es opuesto. Que dicho mundo exista o no resulta irrelevante, lo decisivo es que el ser humano no vive allí, sino aquí.
En tal dirección, para Nietzsche, “su conocimiento es entre todos los conocimientos el menos importante; es más indiferente para la humanidad todavía que para el navegante, en medio de una tempestad, el conocimiento del análisis químico del agua” (Nietzsche, F. 2019, p. 7). Continuando con la metáfora, es más pertinente que el navegante domine aquello con lo que mantiene contacto directo. En tanto la humanidad no guarda ningún vínculo real con esa supuesta realidad trascendental, aferrarse a ella resulta un gesto tan obsoleto como irracional, una distracción que desatiende el único plano donde se juega la existencia; he aquí el mundo sensible.
Justo a este punto es donde Nietzsche introduce un concepto decisivo para tambalea la contradictoria afinidad por el mundo del más allá. La voluntad de poder aparece como la pieza clave para desmontar el mayor problema de toda la tradición metafísica, ahí donde está embebida la costumbre de pensar la realidad desde un horizonte que niega la vida inmediata y sus potencias. Otfried Höffe, en Breve historia ilustrada de la filosofía (2003), esclarece el alcance de este concepto al afirmar que “la voluntad de poder (…) [designa] un «deseo insatisfecho de mostrar el poder o utilizarlo, emplearlo», un impulso creativo que se convierte en un «estallido de fuerza y voluntad de autodeterminación»” (p. 272). Se trata, en consecuencia, de un principio dinámico que no mira hacia un más allá, sino hacia la intensificación de la propia existencia, hacia ese núcleo vital que late antes de toda metafísica.
Pese a lo anterior, Nietzsche emprende una inversión radical de los valores que han dirigido la espiritualidad occidental. La metafísica (con su invención de un mundo verdadero dotado de perfección), la moral (que se aferra a dicho plano para legitimar normas y conductas) y la propia antropología filosófica (que fabrica sujetos obedientes a tales reglas), edifican un entarimado que mantiene a la humanidad desligada de su potencia originaria. El filósofo alemán, en cambio, responde a esta edificación doctrinal devolviendo al individuo a la fuente primigenia de su fuerza, o sea, la vida misma… esa que no necesita justificación alguna fuera de sí. En esta operación, la voluntad de poder actúa como un principio afirmativo que libera al hombre de la obediencia al más allá, lo desata del deber de ajustarse a ideales inalcanzables y lo reconcilia con su responsabilidad de existir aquí, en el nicho sublunar donde pelotea su destino.
En claro contraste con la voluntad de poder, Nietzsche identifica otra disposición profundamente arraigada a la tradición occidental; he aquí la voluntad de verdad. Es contra ella y la hegemonía que encarna, hacia donde se dirige gran parte de su quehacer filosófico. En palabras de Rüdiger Safranski: “la voluntad de verdad conduce a la «negación lógica del mundo»” (2002, p. 173), pues al erigir un absoluto como destino del pensamiento humano, termina por despreciar todo aquello que constituye la vida en su esencialidad. Apostar por un fundamento inamovible es, para Nietzsche, una forma de traición a la propia naturaleza del hombre, misma que es devenir y no estabilidad. Afirmar la existencia de un absoluto al que habría que tender, equivale a desvalorizar la experiencia vital para someterla a un ideal que no pertenece.
Este vuelco que emprende Nietzsche concede primacía al mundo que verdaderamente existe, aquel en el que el ser humano se desenvuelve. En esta métrica, “los valores poco estimados hasta entonces adquieren un rango superior: lo sensible se convierte en el mundo verdadero, y lo suprasensible, en cambio, en el falso, mediante una inversión del platonismo” (Höffe, O. 2003, p. 273). No se trata, sin embargo, de establecer una clasificación rígida que declare falso el mundo de las ideas y verdadero el mundo empírico; para Nietzsche, esa dicotomía pierde relevancia en tanto se advierte que el ser humano no habita el ámbito suprasensible, ni sabe (ni podrá saber jamás) si dicho reino existe.
Lo decisivo, en realidad, consiste en un guiño distinto. Frente a un más allá que jamás podrá ser experimentado, lo sensible (aun con sus supuestas ambigüedades, límites y constante mutabilidad) se posiciona como la única plataforma desde la cual la vida puede afirmarse sin caer en ficciones que la aparten de su propio suelo.
En suma, así es como este gran pensador emprende un desmantelamiento radical de la tradición metafísica, anunciando en ese gesto su agotamiento. Olvidar el mundo terrenal remite, con necesidad, a una incoherencia profunda con la propia naturaleza humana. Tal como afirma Santiesteban, “la superación de la metafísica implica una reconciliación con el mundo del más acá” (2023, p. 121), pues, únicamente en dicho retorno a lo inmediato se provee al ser humano de la conciencia mínima indispensable para reconciliar sus límites como parte constitutiva de sí.
IV. Posibilidades de reconstrucción desde el devenir
Desde esta perspectiva, lo inteligible deja de ser sinónimo de verdad. Lo verdadero es, en tal sentido, lo natural… aquello que la metafísica ha despreciado bajo etiquetas como lo imperfecto, corruptible o inacabado. No obstante, precisamente en esa fragilidad (en lo que falla y se desgasta) se encuentra la verdad más pura, esa en donde, si bien, el mundo no ofrece salvación alguna, provee la única posibilidad real de sentido.
El contenido de los textos de Nietzsche es, en efecto, de una genialidad indiscutible; no en vano “sus obras constituyen por su contenido una cima de la crítica occidental a la ética y la metafísica y son, al mismo tiempo, el punto de inflexión de la modernidad” (Höffe O. 2003, p. 271). Aunque su postura ha sido durante largo tiempo malinterpretada, e incluso reducida a simples provocaciones, lo que en realidad la atraviesa es una innata preocupación por la humanidad. Nietzsche busca, con una intensidad insaciable, arrancar la venda de los ojos de quienes (siguiendo sin cuestionar el legado de sus maestros) han replicado el relato platónico que niega el mundo del más acá sin advertir siquiera la gravedad de tal renuncia.
Los analistas de la obra de este gran pensador han mostrado que, aun cuando Nietzsche es a veces incluido dentro del amplio quehacer de la metafísica, su reflexión aborda problemas de una vastedad que continúan escandalizando a quienes permanecen adoctrinados por las grandes estructuras sociales que ordenan el mundo. En este sentido, puede afirmarse con razón que “las tesis de Nietzsche pueden ser entendidas como reflexiones metafísicas que se ocupan de los problemas del ser, del devenir, de la causalidad, del pensar, del yo, de la libertad de la voluntad, del cuerpo, del alma, etc.” (Santiesteban, L. 2023, p. 120).
Más allá de su célebre condición de filósofo de la sospecha, Nietzsche hace temblar a quienes poseen la apertura suficiente para reconfigurar su forma de habitar este que, a fin de cuentas, es el único mundo verdadero, el único existente, y el único que se despliega mientras el ser humano esté dispuesto a asumir su propio ser en cuanto ser.
Conclusión
A lo largo de este recorrido, ha quedado claro que la crítica nietzscheana erosiona la lógica misma que posibilitó a la tradición desapegarse de la inmediatez de la vida. El platonismo (hilo que ha configurado de manera silenciosa la historia del quehacer metafísico) aparece como “un olvido del más acá, en favor del más allá” (Santiesteban, L. 2023, p. 95), decisión que desplazó al hombre hacia un horizonte inaccesible que, peor aún, lo separó de la riqueza del mundo sensible. Nietzsche, al revelar tal operación, devuelve a la filosofía la capacidad de mirar sin desconfianza aquello que se ofrece en su fugacidad.
La fuerza de su pensamiento consiste en exigir que el pensamiento renuncie a la tentación que plantea el trascender. De ahí que Safranski pueda comentar que Nietzsche “ha prescrito una dieta: ¡no más divagaciones estéticas o metafísicas!” (2002, p. 170), pues solo mediante esta disciplina intelectual es posible restaurar una relación cordial con el devenir. Asumir el mundo tal como acontece se convierte en la condición para que la vida recupere su primacía como realidad irreductible.
Esta reconfiguración modifica la figura del filósofo dentro de la tradición. Al redescribir la metafísica bajo el signo del platonismo, Nietzsche vuelve obsoletos los relatos que pretendían organizar el pasado en torno a un proyecto común. Al mismo tiempo, deja al descubierto que cualquier interpretación tiene la imposibilidad de blindarse ante el futuro, pues, todo filósofo que redescribe se expone a ser redescrito. Es así como la historia de la filosofía se revela como un juego de reinterpretaciones donde cada pensamiento suplanta al que le precede.
En última instancia, la superación de la metafísica es, para Nietzsche, la restauración de lo perdido, entendiendo con ello el mundo del aquí. Mirar el mundo desde esta reconciliación implica abandonar la idea de que el silencio es algo frío y que los inviernos son demasiado largos, para así reconocer que la vida misma constituye el único nicho capaz de sostener al pensamiento.
Referencias:
Höffe, O. (2003). Breve historia ilustrada de la filosofía: El mundo de las ideas a través de 180 imágenes (J. Gil, Trad.). Ediciones Península.
Nietzsche, F. (2002). Crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo (A. Sánchez, Trad.). Alianza Editorial.
Nietzsche, F. (2019). Humano, demasiado humano: Un libro para espíritus libres (M. Parmeggiani, Trad.). Tecnos.
Platón. (1992). Timeo (M. Durán y F. Lisi, Trad.). Editorial Gredos.
Safranski, R. (2002). Nietzsche: Biografía de su pensamiento (R. Gabás, Trad.). Tusquets Editores.
Santiesteban, L. (2023). La crítica a la metafísica en Nietzsche. Analogía Filosófica, 37(1), 95-122. https://dialnet.unirioja.es/servlet/revista?codigo=10304
Savater, F. (2010). Idea de Nietzsche. Editorial Ariel.
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