Leibniz: la simulación digital y la visión total
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Gibrán Jesús Catzín Fernández
12/16/20255 min read


Algunas veces, cuando leo sobre ciertos filósofos del pasado, pienso que algunas de sus ideas pueden aparentar no envejecer, sino que se esperan el siglo correcto para ser entendidas con claridad. Tal es el caso de Leibniz, que escribió La Monadología en 1714, cuando no existían computadoras, ni teoría de la información, ni pantallas LED, ni simulaciones digitales. Y, aun así, su forma de describir el universo (un conjunto infinito de centros de percepción que no interactúan entre sí, pero que funcionan en perfecta sincronía), parece escrita para nuestra época. Creo que no es exagerado preguntarse si su armonía preestablecida puede leerse hoy como el primer modelo filosófico de una simulación.
En este trabajo sostengo que la visión leibniziana del mundo anticipa ciertos elementos de la simulación digital contemporánea. Sin embargo, este modelo se vuelve más complejo cuando lo confrontamos con dos referencias actuales (que me vinieron a la mente mientras leí el texto), como la noción de “visión total” que Borges simboliza en su cuento del Aleph y la existencia real del mal, que hace difícil aceptar la idea del “mejor de los mundos posibles”. Entre filosofía, literatura y computación, Leibniz reaparece, pero con ciertos matices.
Las mónadas como LEDS
En La Monadología, Leibniz afirma que la realidad está formada por sustancias simples llamadas mónadas, que “carecen de huecos” (Leibniz, 2016, pág. 10), es decir, nada entra ni sale de ellas. Cada una refleja el universo desde su interior, con distintos grados de claridad, pero nunca recibe información externa. Lo que somos, sentimos o pensamos depende del movimiento interno de nuestras percepciones.
Vista desde hoy, esta estructura recuerda al funcionamiento de los leds distribuidos en una pantalla. Múltiples unidades autónomas, sin interacción directa, pero sincronizadas por un programa común, que hacen pensar en la frase de Leibniz “siendo toda mónada a su modo un espejo del universo” (Leibniz, pág. 27), una red de nodos donde cada uno proyecta su propio sistema universal.
La percepción y la apetición, conceptos claves en Leibniz (Leibniz, pág. 12), también pueden leerse como funciones internas donde la percepción es el estado presente del led; la apetición es el algoritmo que lo mueve al siguiente estado. Nada le llega desde afuera, pero cada mónada cambia y avanza según su propia ley interna.
Si sustituimos la palabra “mónada” por “pixel”, “nodo” o “agente programado”, creo que la estructura sigue siendo comprensible. La armonía preestablecida funciona como una programación inicial que asegura que cada mónada, aunque independiente, encaje de manera perfecta en el comportamiento global del universo.
El Aleph y la visión total que Leibniz imaginó antes que Borges
Cuando Borges describe el Aleph (ese punto en el sótano que contiene todos los puntos del universo simultáneamente, sin superposición y sin poder describir) está realizando, a mi parecer y quizá sin tener razón, una intuición profundamente leibniziana.
Y es que, la mónada suprema (Dios), es justamente eso. Un punto sin extensión que ve el universo desde todas las perspectivas a la vez. Igual que el Aleph, esta mónada es de visión simultánea, inmediata, sin perspectiva localizada y sin limitación corporal.
Las otras mónadas, en cambio, son como “versiones parciales”, pues cada una refleja el mundo desde un ángulo distinto, igual que un personaje de Borges atrapado en su propio punto de vista. El Aleph es la mónada perfecta. Y las mónadas humanas somos como esos narradores borgeanos atrapados en percepciones fragmentarias e incompletas.
Leibniz visto desde la ciencia moderna
Hay ideas modernas de que el universo es, en última instancia, un sistema de información. El mismo Leibniz desarrolla la armonía preestablecida como para reinterpretarse así:
Cada mónada = un proceso de información.
La percepción = un estado interno de ese proceso.
La apetición = su transición de estado.
Dios = el sistema operativo que determina las trayectorias.
El mundo = la ejecución sincronizada.
Si en el siglo XXI decimos que el universo es un campo cuántico, un sistema holográfico o una simulación digital, Leibniz podría decirnos que eso pensó también, pero cuando no existían las computadoras ni ninguno de los datos científicos ya comprobados actualmente.
Entonces, ¿puede una simulación ser justa?
Hasta aquí, la lectura digital de Leibniz me parece coherente y sorprendentemente contemporánea. Pero hay un punto donde su sistema tiene un fallo (incluso bajo esta reinterpretación moderna), el problema del mal. Leibniz sostiene que vivimos en “el mejor de los mundos posibles” (Leibniz, pág. 27). Pero basta mirar la realidad (miseria, desigualdad, enfermedad, muerte de inocentes) para cuestionar esa tesis. Y aquí la analogía con la simulación se vuelve inquietante:
¿Qué tipo de programador diseña una realidad donde existe sufrimiento injusto?
¿Qué clase de armonía preestablecida permite catástrofes morales?
¿Puede un “sistema óptimo” justificar las desigualdades que experimentamos?
La idea de optimización divina hoy suena tan problemática como la lógica de las máquinas en Matrix, que diseñan mundos “aceptables” donde los humanos permanecen dormidos para que las máquinas funcionen. Si el mundo es un sistema configurado, ¿a quién sirve esta configuración? ¿a las mónadas individuales, o al sistema total?, y ¿puede una armonía explicarse sin considerar el dolor real de quienes la habitan?
Leibniz responde desde el racionalismo que los males particulares pueden formar parte de un bien mayor. Pero desde la experiencia humana, esa respuesta ya no basta. Aquí es donde su optimismo metafísico se fractura y le encuentro falla.
Leibniz y el siglo XXI
Con una lectura de la Monadología desde la simulación digital no busco ridiculizar las ideas de Leibniz, sino tomar en serio su intuición, donde el universo es un sistema ordenado, inteligible y profundamente estructurado. Pero esta lectura también nos permite actualizar la crítica en que, si la realidad funciona como un programa, entonces es legítimo preguntar por la justicia del programa.
Borges, con su Aleph, nos recuerda que ver el todo no implica comprensión. En cambio, ver el todo puede ser insoportable. Quizás ese sea el punto donde Leibniz y nuestra época se separan, pues mientras él veía orden, nosotros vemos conflicto; donde el veía armonía, nosotros vemos una red de desigualdades; cuando propone aceptar la optimización divina, nosotros percibimos límites estructurales, demasiados como para aceptarlos. Si el universo es un sistema, es un sistema que todavía no comprendemos del todo, pero que tampoco podemos aceptar sin crítica.
Conclusión. ¿Armonía o conflicto?
Creo que la Monadología sigue siendo una obra fascinante actualmente porque permite pensar el mundo como multiplicidad y unidad al mismo tiempo. Pero vista desde hoy, su armonía preestablecida ya no puede tomarse como un dogma metafísico, un modelo, una hipótesis, o un intento de explicar el orden sin renunciar a la libertad.
Leibniz imaginó un universo sincronizado mucho antes de que existieran los sistemas distribuidos, las redes informáticas y la idea de simulación. Borges imaginó el Aleph, esa visión total que solo un Dios o una máquina perfecta podría tener. Nosotros vemos belleza en la estructura, pero también fallas y dolor.
Quizá el mundo no sea “el mejor posible”, pero sí es un mundo que exige comprensión crítica. Y en esa comprensión (entre la mónada y el pixel, entre la armonía y el conflicto)
surge una pregunta difícil, ¿somos parte de un sistema perfecto o de uno que todavía estamos aprendiendo a entender?
Gibrán Jesús Catzín Fernández
Estudiante de la Licenciatura en Filosofía de la Universidad Autónoma de Chihuahua
Referencias:
Borges, J. L. El Aleph. En Cuentos completos (pp. 617-628). Lumen. México. 2011.
Leibniz, G. W., La Monadología, Biblioteca Económica Filosófica, Vol. V, Madrid, 2016.
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