Levantar la mirada al horizonte. Filosofía para cuestionar la adicción al celular
Alan Roberto Rentería Rentería
5/11/20267 min read


Dr. Alan Roberto Rentería Rentería
Catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua
El celular no solo nos ofrece posibilidades tecnológicas, sino que nos satura de contenido constante, el cual no podemos cuestionar porque ni siquiera tenemos la capacidad para procesarlo. Saltamos continuamente de una red social a otra, matando el tiempo y olvidándolo todo.
Recuerdo el año 2010, la primera vez que me mudé a otro país. Las llamadas con mi familia y amigos eran ocasionales; necesitaba una tarjeta de prepago para hablar por un teléfono fijo y el Messenger, que existía desde hace varios años, implicaba una conexión directa por cable en una computadora. A veces imagino la maravilla que hubiera sido poder mandar fotos, audios y mensajes constantes a mis seres queridos para contarles diariamente sobre mi nueva vida en una escuela de Estados Unidos. Aunque pensándolo bien, una hiperconexión causada por el celular me hubiera arrebatado la posibilidad de estar presente en esa etapa de mi vida. Este es precisamente uno de los primeros perjuicios del celular: nos arrebata la capacidad de presencia.
El teléfono no solo se ha vuelto una forma de “conectar” con los demás, sino de desconectar con nosotros mismos. Pasamos horas frente a una pantalla y olvidamos el mundo a nuestro alrededor. El celular, como aparato, es una nueva forma de caverna platónica que nos impide mirar hacia otro lado y ver las cosas verdaderas: el mundo aconteciendo. Como ningún otro artefacto el celular roba nuestra atención y nuestra percepción. Pasar horas mirando al celular es una forma de abandonar nuestro alrededor, de intercambiarlo por un mundo virtual en el que ahora habitamos.
Una percepción reducida y una atención dispersa
El mundo es un mundo percibido. Nuestra forma de habitar en él es a través de la percepción. Estamos continuamente vueltos a los objetos externos, no solamente utilizándolos sino percibiéndolos. Percibimos en todo momento, aunque no nos demos cuenta. Nuestra consciencia es, en palabras del gran filósofo Edmund Husserl, una conciencia intencionada, es decir, dirigida siempre al mundo exterior. El uso indiscriminado del celular nos arrebata posibilidades de percepción porque nos reduce a un solo objeto: nos volvemos incapaces de conectar con nuestro entorno porque todo nuestro foco se centra solo en una cosa, un aparato. ¿Conoces a alguien incapaz de dejar de ver su celular cuando platicas con él o ella? ¿eres tú esa persona? El vicio al teléfono celular nos hace incapaces de sostener la mirada frente al otro por largo tiempo.
No es raro que prácticas como el Mindfulness se vuelvan tan famosas hoy en día. Estamos urgidos por romper las cadenas de la esclavitud perceptiva, de ser nosotros mismos habitando el mundo, en presencia. Nos cuesta mucho más trabajo leer un libro o ver una película completa que pasar tres horas en el celular. Pero también, cuando el teléfono se ha vuelto un vicio, nos cuesta más trabajo conectar con alguien, pues platicar y sostener una conversación directa sin intermediarios tecnológicos se vuelve difícil. Como ningún otro aparato, el teléfono es el mayor acaparador de atención y percepción. Pero la atención y la percepción no son lo mismo.
Mientras que la percepción es una forma inevitable de relacionarnos con el mundo, la atención necesita compromiso. Requerimos un esfuerzo especial para mantener la atención en una cosa y el teléfono no solamente nos está acaparando casi toda la percepción de nuestro entorno, sino que también es la forma más eficaz de diluir nuestra atención. Cuando estamos en el celular no pasamos todo el tiempo solo platicando con una persona o solo viendo un mismo video o solo leyendo una nota. Continuamente vamos y venimos de un contenido a otro: videos más cortos, memes, chistes, chismes. Así, nos vamos diluyendo en más asuntos y con el tiempo nos habituamos a tener una atención dispersa. Cada vez necesitamos de nuevos y diversos estímulos para poder mantener la atención en una sola actividad, una sola charla, una sola persona. Esto es una problemática seria en muchos niveles, pues nos reduce a una forma empobrecida de relacionarnos con el mundo y con el otro.
En este sentido, el vicio por el uso del celular no solo nos quita tiempo, percepción o atención, sino que transforma completamente, en detrimento nuestro, la manera en que nos relacionamos con el mundo, con los otros y con nosotros mismos. En otras palabras, nos transformamos en personas distintas cuando somos incapaces de soltar el teléfono.
El celular es una forma de huida de nosotros mismos
El célebre filósofo Blaise Pascal afirmó: “he dicho muchas veces que la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: de no saber estarse quietos en su cuarto” (Pensamientos, 146). ¿Qué distracciones podrían existir en el año de 1662, fecha en que Pascal escribió esta idea? Al parecer las distracciones no están relacionadas solo con la tecnología, sino con el desprendimiento del cuidado propio y la incapacidad de introspección. A esto, Pascal lo llama la Diversión.
Puesto que el celular nos roba toda posibilidad de atención y percepción hacia otros temas u objetos, también nos arrebata la capacidad de experimentarnos a nosotros mismos, de poder estar quietos en nuestro cuarto. Tener una actividad constante, un celular con contenidos infinitos, implica que no podemos dar tiempo a otras cosas, como ponernos a pensar. Estamos continuamente enfocados a escuchar el pensamiento de los demás; los eventos, las noticias, las fotografías ajenas. El celular no nos permite pensar por nosotros ni en nosotros, no solo porque nos impide generar juicios propios, sino porque no nos da tiempo para ello.
El vicio por el uso del teléfono celular es una forma de diversión en sentido pascalino. Pero la idea de diversión para Pascal no implica algo divertido, sino algo que nos distrae. En este sentido, la diversión puede ser tremendamente aburrida, pues su aparición implica una forma de desentendimiento del cuidado de sí.
Hace un par de años en un viaje por Viena escuché una frase en una audioguía turística que me impactó sobremanera. La idea era que, de acuerdo con muchos ciudadanos europeos, la calidad de vida está directamente relacionada con la distancia que hay entre el hogar y un parque. Los vieneses presumían, y con justa razón, de su gran cantidad y calidad de los parques en esa ciudad, en donde la gente iba a caminar o sentarse y “ver la vida pasar”. Esta frase me dejó atónito. Cada vez tenemos menos tiempo para contemplar el paso de la vida, para pensar en ella sin hacer nada más. Estamos atrapados en una vorágine de hacer que nos impide ser y estar.
Si te costó trabajo recordar la última vez que pasaste un día sin celular, o si esa fecha sucedió hace ya tiempo, pregúntate ahora cuándo fue la última vez que pasaste solo un par de horas en tu habitación, sin nada que hacer, viendo al techo o mirando por la ventana. Quizá también sea muy difícil recordarlo.
De nuevo, Aristóteles, ya nos había advertido de la relación entre la contemplación y la felicidad: una vida feliz es una vida contemplativa. Sin embargo, el ritmo de la vida actual substituye todo intento de contemplación por la actividad. Creemos que, si no hacemos algo, somos improductivos. Lamentablemente, también creemos que pasar tiempo en el celular es no hacer nada, y esto es una idea errónea, pues mirar el celular es un tipo de actividad.
El constante quehacer puede ocultar una forma de encuentro con nosotros mismos. Al dejar de hacer, comienzan a aparecer ideas, pensamientos que quizá no son del todo agradables. Podemos pensar en errores del pasado o en incertidumbres futuras. Por obvias razones a nadie le gusta esto. El celular se aprovecha de este temor para distraernos, y la distracción se vuelve la posibilidad de protegernos en contra de pensamientos profundos. Enfrentarse a uno mismo es un reto. Por este motivo la filosofía es incómoda. El celular nos evade del temor de encararnos, de pensarnos y cuestionarnos.
El celular es una forma de huida de los demás
Quizá pensemos que el celular nos permite un contacto más íntimo con los demás. Creemos que al compartir nuestra vida íntima estamos mostrando lo que somos de forma auténtica. Esto se encuentra muy alejado de la realidad.
El filósofo personalista Emmanuel Mounier dijo: “Las personas completamente externas, completamente en exhibición, no tienen secretos, ni densidad, ni segundo plano. Se leen como un libro abierto y pronto se agotan” (El personalismo, p. 63). Cuando Mounier expresó esta idea faltaban casi 80 años para la aparición de las redes sociales. De nuevo, como con Pascal, la interioridad no tiene que ver con la tecnología, sino con la forma en que interactuamos con los medios que tenemos.
Compartirlo todo no nos pone en contacto con los otros: nos vacía de nuestra vida íntima. El teléfono móvil se convierte en una cámara pública que llevamos desatinadamente a nuestro espacio privado. Muchas personas se esfuerzan por compartir en todo momento actividades íntimas, como la alimentación o el pasar tiempo con la familia y los hijos. Subimos todo a las redes, al pedestal del escarnio público, no para compartir un buen momento, sino para demostrar a los demás que somos capaces de buenos momentos. De esta forma se va creando un mundo de apariencias en el que se vuelve difícil conocer a alguien.
Pasar largas horas frente al teléfono no implica una forma de contacto con el otro, sino solo con su exterioridad. Existe así una confusión entre conocer a las personas y conocer su vida privada. Cuando pasamos largas horas viendo historias de otras personas, no por terminamos por conocerlas.
Recobrar pues, el mundo de la vida en la atención, exige recuperar la capacidad de levantar la mirada al horizonte; del celular al rostro del otro, del scroll infinito a todo lo que nos rodea. No se trata de abandonar la tecnología, sino de cuestionar las formas en que puede volvernos esclavos.
En esta época levantar la mirada al cielo se antoja ambicioso. Basta con dar un recorrido por las calles, los parques o los supermercados y la constante aparece: personas cabizbajas mirando al celular. La escena no es futurista, sino distópicamente realista. Elevar la mirada al cielo es mucho pedir cuando ni siquiera podemos levantarla al horizonte. ¿Puedes recordar cuándo fue la última vez que pasaste un día entero sin mirar el celular? Probablemente fue hace un largo tiempo.
Nuestros teléfonos móviles se han vuelto parte de la vida cotidiana y esto no tiene nada de malo. No es buena idea caer en un pesimismo de la nostalgia por el estado natural y creer que todo tiempo pasado fue mejor. La tecnología que poseemos en la palma de nuestra mano es maravillosa; personalmente no la cambiaría por nada del mundo. Sin embargo, como en todas las cosas, el problema aparece con los excesos y el uso indiscriminado. Cuánta razón tenía Aristóteles desde hace más de dos mil años al afirmar que los extremos terminan convirtiéndose en vicios.
Referencias
Mounier, E. (2005). El personalismo. Maica libreros editores.
Pascal, B. (2015). Pensamientos (X. Zubiri, Trad.). Alianza Editorial.
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